Black Toska – Someone´s Nightmare Blues

Música para malditos

A finales de 2019 veía la luz el segundo EP de Black Toska, Someone’s nightmare blues. En aquel momento Ateneo Oculto aún se encontraba madurando entre las nieves metafóricas de la Siberia más pedagógica, por lo que el próximo lanzamiento del disco en formato físico parece la oportunidad ideal para analizar retrospectivamente su obra. Desde la primera escucha, su innegable halo de western lóbrego me recordó al mito popular de artista maldito.

Artistas o no, siempre ha habido malditos. La historia está repleta de figuras que observan el devenir de las eras desde un rincón oscuro. Algunos en silencio, otros ahogando la metafísica en los efluvios amargos de la absenta, deslizando febrilmente sobre el papel la pluma entintada o arrancando de una guitarra notas que hablan de perdición.

Muchas caras tiene esta actitud de estoicismo decadente ante la angustia existencial: forajido, poeta maldito, cantautor melancólico o ermitaño. Todos tenemos marcado bajo la carne este signo de la perdición, que algunos se arreglan para mantener tras la dermis de manera vitalicia, mientras que a otros devora su infausto y voraz augurio.

Black Toska recoge esta querencia al abandono tan humana, para destilar un embriagadora fórmula musical compuesta por diferentes tradiciones. Americana, goth, dark country o música de autor son algunas de las referencias que encontraremos.

Es fácil aparentar oscuridad. Hablar de la muerte o embozarse en una camisa negra otorga una pátina de decadente  que dibuja los contornos de quien habita el reverso tenebroso de la historia y la moral. Arrancar de esa tiniebla un brillo áspero pero cálido, construir una succión sutil que llama a adentrarse en su ceguera reveladora, es algo más complicado.

La enigmática cadencia de “Treachery (where did the summer go?)” arroja de improviso un telón fúnebre sobre el oyente sumergiendo los sentidos desde el primer segundo. Las guitarras rasgan el aire con un deje trágico que sabe a blues, country o rock, buscando incluso la distorsión del stoner en “About doves & hawks”. La percusión suena a humo y antro, atmosférica en “Treachery (where did the summer go?)”, rozando el rockabilly en “Someone’s Nightmare Blues”o contemporizando el blues de “Come Closer”. Tras ellos, como una sombra pesada y agorera, el bajo marca su ritmo profundo y constante, que con su quehacer cavernoso se contrapone a los punteos agudos.

Todo ello condensado en apenas 13 minutos de hace sin lugar a dudas corto. Quizá la gran virtud de Someone’s Nightmare Blues es precisamente sonar a tantas cosas en un tiempo tan reducido. Emanando un efluvio de abandono, tiene un punto de sensualidad tenebrosa, del sabor del vino tras la derrota, de una soledad sobrevenida y en cierto modo romántica. Una decantación tan sufrida como cautivadora, que llama a abrazar los más lóbregos rincones de la existencia.

 

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