Breath of Wind – Sakura

Aroma de almendros desde Rusia

Desde la ciudad rusa de Miass en los urales meridionales, cerca de la frontera con Kazajistán, llega Breath of wind. Nada se sabe de este one man band salvo su ubicación y el nombre de su alma mater Ruslan Rzaev. Este proyecto, absolutamente desconocido para mí, parece envuelto en una niebla de anonimato que otorga un cierto halo de misterio. Su cuarto disco, Sakura, llegó a mis oídos por casualidad.

La portada, una hermosa y colorida imagen del monte Fuji, fue lo primero que captó mi atención y los acordes de un koto al inicio del disco convirtieron mi banal curiosidad en ardiente interés.

Al surgir el acompañamiento de un erhu, la grácil obertura se transforma en todo un generador de emociones,  explotando en un black metal atmosférico ornamentado bellamente con la factura delicada de los instrumentos tradicionales. No transcurre demasiado tiempo hasta que unos coros irrumpen con tono épico y solemne, en una mezcla cuyo resultado final es sorprendentemente elegante. Estos elementos contrapuestos se combinan de forma muy impactante, golpeando en el pecho y disolviendo todo rastro del mundo que existe a nuestro alrededor.

Sakura se compone de una sola pista, de nombre homónimo, cuya duración se extiende brevemente por encima de los 28 minutos. Su desarrollo es irregular, con numerosas aristas en forma de cambios de ritmo, de tono y estilo, pero siempre con una tendencia in crescendo que no permite un solo momento de merma en su intensidad.

A medida que avanza el álbum, se evidencia una cierta sensación de artificialidad en el sonido, que lo acerca más al synth que al folk propiamente dicho. Esto se debe, con total seguridad, a que la producción de un disco de estas características difícilmente puede contar con la participación de un coro real, una orquesta o incluso con instrumentos tradicionales. Puede que el uso de teclados límite la organicidad de la grabación, pero no es algo achacable a la calidad compositiva.

Aun con este handicap, Sakura es álbum intenso y hermoso, majestuoso en la construcción de paisajes sonoros y contundente a la hora de transmitir su virulencia emocional.

Su formato de pista única lo convierte en una travesía o, siendo más exactos, una experiencia estática contemplativa. Tal y como si estuviéramos frente al hermoso paraje que su portada muestra, sus idas y venidas, su mezcla de contundencia y gracilidad y sus toques épicos, nos invitan a sumergirnos en un paisaje agreste y florido. Convertidos no sólo en oyentes sino en espectadores de una imagen viva, un óleo orgánico en el que la vida explota en colores, olores, formas y movimiento, podemos regresar durante unos minutos, a formar parte de la ecuación biológica de un planeta del que cada día parecemos alejarnos más.

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